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Stay, Dir. Marc Forster, 2005

Posted on noviembre 30, 2008 - 0 comentarios -

Marc Forster es un director por estos días en boca de todos debido a su última película, el último Bond, Quantum of Solace, una competente pero no muy interesante película de acción. Sin embargo, su carrera abarca otro tipo de géneros, como demostró en Finding Neverland, bella fábula sobre la vida de J. M. Barrie y su Peter Pan, así como la premiada Monster's Ball, que no he visto y tampoco me interesa tanto.

Stay es una de esas películas a caballo entre el cine independiente y el cine de Hollywood, tomando lo mejor de ambos mundos. Ni es un desperdicio de acción y efectismo, ni un supuesto reflejo de la realidad norteamericana, que suele incluir lesbianas, gays, negros, gente disfuncional y generalmente cualquier minoría, para dar la apariencia de ser liberal. Afortunadamente, Stay entronca con un cine de género inteligente, similar a The Jacket, de John Maybury, o The Machinist, de Brad Anderson.

La película es un thriller pausado pero a la vez hipnótico, de esos que te despista poco a poco hasta que te confunde por completo y te hace intuir una vuelta de tuerca final, que bien puede arruinar el film, o volverlo totalmente satisfactorio. Y es que al igual que los films de Anderson, la película construye capas y capas de significados y posibilidades, sin permitirte definir cuál es la explicación real a lo que sucede. No es posible saber de qué trata exactamente la película porque las pistas son vagas y te obligan a pensar mucho, dejándote en la oscuridad. Si estás dispuesto a dejarte llevar de esta forma, puedes disfrutarlo mucho, pero si no, la experiencia podría ser desconcertante. El problema que suele surgir en esta clase de películas es que se construyen, diría yo, sobre la marcha, y así, el desconocimiento del espectador y su consiguiente sorpresa, es la misma del guionista. El temor es que a veces se construye suspenso más y más alambicado, pero a la hora de rematar, suele descalabrarse. Y si no que se lo digan a Anderson con su Session 9, que es magnífica hasta que trata de resolver lo ocurrido. Para The Machinist el error sería subsanado.

Otro punto a favor de Stay es su atmósfera visual, quizá lo que la pone en ligas de verdad mayores. Aquí realmente hay un director que ha interpretado un guión y le ha dado una visión especial. Los efectos digitales se usan de una manera que pervierten la realidad, y nos meten en la marea de confusión que los personajes experimentan. El clima que se consigue es absolutamente irreal, aunque nunca se nos muestre nada realmente raro, pero la desesperación se hace patente a través de encuadres, transiciones y efectos visuales. Este es uno de esos casos en los que esa clase de decisiones realmente afectan la película, pero ni siquiera a un nivel consciente, porque más de un efecto de estos se hace casi subliminal, pero crea una sensación de incomodidad. No estamos seguros de haber visto lo que vimos, de si hubo un cambio entre planos, de si ese punto de vista pertenece a alguien que nos deba importar, y entonces perdemos la noción de realidad. Cuando el protagonista dice "Ya no sé lo que es real", en verdad podemos sentir eso mismo.

Cuando lleguemos al final, nos daremos cuenta de que presenciamos una película que nunca ocurrió. No porque haya sido un sueño, truco barato que irritaría a cualquiera que se hubiera hechizado con la película hasta ese punto, sino porque tal vez todo lo que ocurre a nuestro alrededor sea un sueño, una ilusión. Más de una coincidencia nos daría pie a pensar en ello.

The Fall, Dir. Tarsem Singh, 2006

Posted on noviembre 07, 2008 - 0 comentarios -

¿Por qué contamos historias? ¿Cuál es el poder detrás de eventos no ocurridos, pero que alcanzan a tocar nuestra mente y nuestro corazón? Esa es una pregunta que podríamos hacernos todos los que amamos inventar mundos y poblarlos de seres que toman su inspiración en lo que nos rodea, pero que guardan una vida propia. The Fall bien podría ser una película que nos habla de ello, aunque en realidad no pretende ser tanto una reflexión sobre los mecanismos de la narración, o de su impacto en nuestra psiquis, sino una celebración de la mentira y la locura, dos ingredientes básicos de todo creador de fantasías.

La segunda película de Tarsem Singh, The Fall tiene puntos en común con su anterior película, The Cell, una exploración de los abismos de la mente de un asesino en serie, que compensaba una narrativa simple con una imaginación visual como pocas veces se había visto. Si a The Cell se la podía acusar de parecer un prolongado anuncio publicitario de un perfume producido por un diseñador de alta costura, matizado, eso sí, por una demencia bastante atemorizante, The Fall podría ser víctima de las mismas críticas. Sin embargo, no son estas películas vacuas en donde la forma se come al contenido de la manera más sanguinaria. Este es uno de esos casos en los que, sin que quepa ninguna duda, la forma ES el contenido.

Algunos han querido emparentar The Fall con El Laberinto del Fauno, y es tentador hacerlo, pues ambas son fantasías que no niegan la oscuridad, sino que la asumen como parte esencial de lo que cuentan: no hay luz sin tinieblas, y mientras más rápido se aprenda eso, más fácil se pueden vencer los demonios. Pero en realidad más allá de eso no hay tantos parecidos, ni en lo estético ni en lo temático, y cada película recorre caminos muy diferentes.

The Fall cuenta la bella relación que se establece entre un doble de cine que tras un accidente ha perdido algo más que el andar, y una niña que convalece en el mismo hospital. La sinceridad de la interpretación de Catinca Untaru en el papel de la pequeña compañera del protagonista, es uno de los múltiples placeres que depara una película totalmente inusual en el panorama del cine actual. Pero aparte de eso, la película también corre muchos riesgos. Y es que para empezar, el guión no toma el camino fácil de narrar una historia a la manera tradicional, guiándonos por caminos establecidos, sino que nos deja a merced de las olas en mar abierto: toma caminos sin salida, vaga de un lado a otro, se corrige a sí mismo... Y todo porque la película no cuenta sólo la historia de los dos personajes dentro del hospital, sino que también nos hace partícipes de la historia que el actor le cuenta a la niña. No se puede decir que una sea más fuerte que la otra, porque en este caso la fantasía es tan importante como la vida real, y la una no podría existir sin la otra. Otra película que se inventaba sí misma a medida que iba desenvolviéndose era The Lady in the Water, de M. Night Shyamalan. Pero si esa era un ejemplo de cómo las cosas pueden salir mal cuando se improvisa un cuento cada noche antes de dormir y se lleva a la pantalla, The Fall sabe salir airosa del desafío en su mayor parte. Por supuesto que una película que desdeña la narrativa tradicional y se centra en apabullar al espectador con el más bello todavía corre el riesgo de perderlo en cualquier momento, pues no cuenta con un ancla que lo sostenga firmemente a la historia. Y pasa por momentos, pero nunca nos pierde, y si le ponemos un poquito de atención, nos recompensará ampliamente.

¿Pero de qué trata todo? Sería imposible hacer un recuento de la trama, pero baste saber que reune a varios personajes disímiles, casi una League of Extraordinary Gentlemen (uno de los personajes es nada menos que Charles Darwin), para llevar a cabo una misión arriesgada que no será precisamente un jardín de rosas. Y es que si la película comienza como una celebración de la fantasía y la imaginación, plagada de imágenes de ensoñación y un sense of wonder como hacía tiempo no veía, luego da un giro hacia el dolor de la realidad, y esa fantasía empieza a hundirse en las heridas de un corazón roto. Y ambos lados del espejo se entremezclarán, cada uno influyendo en el otro de manera decisiva.

Una celebración de la imaginación, de las historias, del cine (sólo al final comprenderemos totalmente por qué se llama The Fall), la película de Tarsem puede gustar o no, pero creo que es absolutamente necesaria de ver, en un mundo que nos agobia con la pesadez de la realidad y con una cartelera cinematográfica funesta. Les aseguro que pocas veces habrán visto una película como esta, y que por muy escépticos que sean, no podrán negar la fuerza que tienen algunas de sus imágenes. Un soplo de aire fresco cuando parece que las historias se repiten así mismas una y otra vez en la misma forma que siempre.



El trailer de la película, para que se antojen.

Más cortos

Posted on julio 29, 2008 - 3 comentarios -

Foutaises, Dir. Jean Pierre Jeunet, 1989

Como un borrador de lo que vendría años más tarde con Amelie, podría uno calificar Foutaises, uno de los cortometrajes de Jean Pierre Jeunet. Y es verdad. La presentación de los personajes en aquel film que hizo pasar a Jeunet del grupo de cinéfilos a la cultura popular guarda mucho en común con los maravillosos siete minutos en los que Dominique Pinon nos cuenta qué le gusta y qué no de la vida. Pero no son las típicas cosas normales, sino detallitos más entrañables y extraños, de esos que realmente caracterizan a alguien. Además, la pericia visual, esa sensación maravillosa de movimiento continuo, que sabe conseguir este director, ya se manifiesta aquí. Son sólo siete minutos, pero siete minutos espléndidos, una condensación de buenas intenciones que seguramente no dejará a nadie sin una sonrisa en el rostro, excepto si se es un cínico incurable.

Le bunker de la dernière rafale, Dir. Jean Pierre Jeunet, Marc Caro, 1981

Sin embargo, otro de los cortos de Jeunet, esta vez en compañía de Marc Caro, compañero de fechorías en sus primeros largometrajes (Delicatessen y La Ciudad de los Niños Perdidos), no consigue los mismo resultados, no por falta de técnica, sino por tener otros objetivos. Las desventuras de un grupo de soldados atrapados en un bunker, es una obra extraña casi críptica, sin diálogos, lo que dificulta la comprensión de la trama. Hay que estar muy pendiente de todo lo que pasa, lo que no es malo en absoluto. El problema es que la narrativa es confusa y creo que hace falta más de un visionado para comprenderla adecuadamente. Eso sí, la iluminación expresionista, la imaginería mecánica extravagante y ese submundo tenebroso y siniestro, auguran lo que vendría después en Delicatessen y La Ciudad... Tal vez, como se ha dicho por ahí, Marc Caro le proporciona a Jeunet un contrapunto oscuro que equilibra su visión, porque cuando en Foutaises hizo de las suyas por su cuenta, el sentimiento fue bastante distinto. Sea como sea, un buen trabajo, aunque sin la redondez de obras posteriores, bien sean oscuras o amables.

The Running, Jumping and Standing Still Film, Dir. Richard Lester, 1960

Un corto del mismo director de A Hard Day's Night, Help! y The Knack... and How to Get It, ideado por Peter Sellers y repleto de un humor inglés surrealista. Con esas indicaciones no se puede estar equivocado, y de hecho The Running... es una joya del humor más extraño que haya visto. Una serie de sketches inconexos en los que las cosas mas inusuales ocurren, acudiendo al humor sin sentido a la Monty Python, antes de que estos existieran, y unido a un slapstick descacharrante. Seguramente no será del gusto de todos, porque de verdad hay que estar medio chiflado para reírse con esto, pero a mí me encantó. Con un sabor a comedia silente de la primera época del cine (incluso usando encuadres medio malos), un corto exquisito y sutil, aunque bien extraño.

Forbidden Zone, Dir. Richard Elfman, 1980

Posted on julio 04, 2007 - 0 comentarios -

Hay películas de culto y películas de culto. Forbidden Zone es un desmelene que sólo puedo comparar con The Rocky Horror Picture Show, en el sentido de que es algo muy underground, que no se toma en serio a sí mismo y que sólo puede entenderse en el contexto del cine de medianoche. Es decir, una peli para chiflados.

La película, opera prima de Richard Elfman, narra la descabellada historia de una familia que se muda a una casa con un portal a la Zona Prohibida. Uno a uno irán cayendo allí, con diferentes suertes, pero todas bastante alucinantes. Y lo que sigue es una especie de dibujo animado de los años veinte, pero en imagen real y muy políticamente incorrecto, con mucho topless, ninfómanas, enanos, números musicales realmente delirantes y otras lindezas que hay que ver para creer.

Danny Elfman hace aparición por allí, con sus Caballeros Místicos de Oingo Boingo, interpretando a un diablo lujurioso y de poco fiar, recordándonos lo que sería más tarde ese submundo de los muertos en Corpse Bride, o más precisamente la guarida de Oogie Boogie en Nightmare Before Christmas: Blues y jazz dicharachero e infernalmente divertido.

Rodada en blanco y negro, con un ínfimo presupuesto, la película en lugar de hacer de lo cutre una bandera, se erige como un ejemplo de lo que la creatividad es capaz de hacer en circunstancias precarias. Los escenarios que parecen dioramas, los dibujos animados undergound, los maquillajes bizarros... En fin, con una elevadísima dosis de mala leche y una especie de surrealismo muy grosero, Forbidden Zone es una rareza no apta para todo público, pero que si por casualidad se acerca a tus gustos te hará disfrutar de lo lindo con sus excesos. Un poco repetitiva por momentos, en todo caso alcanza instantes tan brillantemente absurdos que uno no la puede olvidar fácilmente. Definitivamente una pieza clave del cine de culto que no se puede dejar de ver.

La Science des Rêves, Dir. Michel Gondry, 2006

Posted on abril 28, 2007 - 0 comentarios -

Normalmente, los directores muy personales, con mundos muy particulares, ajenos a lo que la mayoría tiene en su cabeza, suelen encontrar problemas para ser comprendidos por los productores, que buscan historias menos raras y más fácilmente digeribles. Y entonces se entabla la lucha entre los dos bandos, entre la creatividad y la comercialidad, entre el arte y la eficacia. Y es curioso comprobar como, cuando a esos directores arriesgados se les da carta blanca para hacer lo que les da la gana, suelen desbarrancarse en el mar de su propia imaginación, al sentirse libres de toda atadura que coarte su creatividad, como si fuera necesario un polo a tierra que les recordara que aquí estamos los espectadores, por muy eclécticos gustos que poseamos.

Eso casi, casi le pasa a Michel Gondry con su película La Ciencia de los Sueños. Gondry, con una legión de admiradores, que lo siguen por sus videoclips de otro mundo, debutó en la dirección cinematográfica de la mano de un guión de Charlie Kaufman. Human Nature era aquella primera película, donde salvo por algunos detalles, no se notaba mucho la mano del personal director. Una graciosa pero tímida comedia de personajes en situaciones realmente inverosímiles, dio paso a una maravilla como fue Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos. Kaufman tejía un guión en donde mezclaba sus habituales ideas descabelladas con una menor dosis de patetismo de la que suele hacer gala. Ese mismo patetismo que hizo que me resultaran tan insoportables Confesiones de una Mente Peligrosa, ¿Quieres ser John Malkovich? y El Ladrón de Orquídeas a pesar de su innegable dosis de imaginación. Eterno Resplandor era una obra madura donde se encontraba un equilibrio entre escritor y director, donde cada uno aportaba lo mejor de sí mismo sin llegar a extremos de autocomplacencia.

Otra cosa es La Ciencia de los Sueños. Pensé que nunca diría esto, pero eché de menos a Charlie Kaufman. Puede que sus personajes sean patéticas creaciones con la autoestima más baja que exista, pero el tipo es, a fin de cuentas, un guionista que sabe usar los recursos a su alcance para que las historias no se conviertan en locuras sin pies ni cabeza. No demasiado en todo caso. La Ciencia de los Sueños carece de ello, es una creación absoluta de la mente de Gondry, donde ha dejado sueltos todos sus instintos creadores, los cuales son fundamentalmente visuales, mas no dramatúrgicos, y a lo que asistimos es a un desmelene, a un despliegue de virtuosismo visual, lastimosamente no anclado a una base efectiva.

La película juega a recrear el estado onírico, y lo consigue de manera asombrosa, no solo a través de imágenes surreales, sino con recursos como la asincronía audio-video, o el cambio de escenarios de manera inesperada, enlazando temáticas que apenas tienen que ver unas con otras, justo como en los sueños. En ese sentido la película cumple y sorprende. Incluso la ausencia de una lógica real, pues al final nunca queda claro qué rayos pasaba, si lo que veíamos era un sueño o no, no es mayor problema para quien sepa apreciar una historia diferente. El problema proviene de los personajes, que no son demasiado interesantes. No hay, tampoco, una construcción sólida de una trama, limitándose a estirar durante una hora y media el recurso del sueño y la confusión que crea el no saber si estamos dentro o fuera de él. No hay tensión dramática, y como espectadores, quedamos a merced de las imágenes sin poder participar mucho de las emociones de los eventos que ocurren en la pantalla.

Ahora, tengo que decir que a mí la peli me gustó mucho. No alcanza el nivel de su anterior trabajo, pero Gondry consigue una buena película, personal y entretenida, con un infantilismo que acepto puede ser empalagoso para algunos, y que he de hacer notar, ya se encontraba presente en algunos momentos de Eterno Resplandor. Ese sense of wonder que por instantes se vislumbra es el que me lleva a darle una buena nota a la película, a pesar de los problemillas que más arriba describo.

La Ciencia de los Sueños está lejos de ser una obra maestra, pero es lo suficientemente refrescante y única como para que me atreva a recomendarla. Ahora, si me viene con reclamaciones, diré que usted lo soñó todo.

Mirrormask, Dir. Dave McKean, 2005

Posted on febrero 21, 2007 - 0 comentarios -


Neil Gaiman es uno de mis escritores favoritos, y sus cuentos para niños, ilustrados por su colaborador Dave McKean me parecen sencillamente estupendos: estrafalarios relatos llenos de absurdas sorpresas y exentos de la ñoñez de algunos ejemplos de literatura infantil. Casi cualquier cosa que hagan despierta mi interés inmediato, aunque sea sólo para asomarme por un momento a otro mundo. Naturalmente cuando me enteré de que estaban colaborando en una película, uno como guionista y el otro como director, mi curiosidad se despertó. Y aún más al saber que iba a ser producida por la factoría de Jim Henson.

El resultado, Mirrormask, es un fallido experimento no carente de espléndidos resultados. La dirección de McKean no es particularmente sobresaliente, sino más bien funcional, pero visualmente, en la recreación de esos mundos aberrantes, es donde la película brilla por encima de cualquier cosa que se haya hecho. El guión es endeble, pues es demasiado lineal: una sencilla historia de una niña que entra a otro mundo, dominado por la oscuridad, donde debe encontrar el objeto mágico que restablecera el orden. Hay interesantes paralelismos entre lo que ocurre en el mundo de fantasía con lo que ocurre en la realidad, pero la historia es bastante predecible y nos debemos conformar con apreciar una gran cantidad de "eye-candy" o golosinas para los ojos, que, si bien no es poca cosa, podría habernos dado mucho más.

De cualquier manera, amerita un visionado, porque aunque hay que tenerle algo de paciencia y no perdura emocionalmente en la memoria, la vista es agradablemente tratada por las imágenes de este film. Tal vez en la próxima que hagan podamos ver la obra maestra que todos esperamos de esta pareja creativa.

PS. Jim Henson anunció el rodaje de tres producciones más, basadas en libros infantiles, uno de los cuales es una obra de... ¡Edward Gorey!

Ken Russell

Posted on diciembre 19, 2006 - 4 comentarios -

Después de descubrir esa maravilla que es The Devils (1971), quedé emocionado por el cine de Ken Russell. Antes, en mi adolescencia, había visto La Pasión de China Blue (Crimes of Passion, 1984), pero de ella apenas recuerdo a Anthony Perkins haciendo de fanático religioso, a Kathleen Turner de prostituta con peluca, y una habitación de hotel iluminada por un incesante neón. Este mes pude ampliar mi conocimiento de su filmografía al ver Lisztomanía y Gothic, y a continuación paso a reseñar ambas películas.

Lisztomanía (1976) es una película marciana donde las haya. Empecemos con el argumento: Liszt, interpretado por Roger Daltrey, es la estrella pop de la época, despertando las hormonas de miles de adolescentes en celo. Él sólo quiere componer buena música y un techo, pero las mujeres se le atraviesan a cada rato. Pobrecito. Wagner, compositor enemigo de Liszt se mete a revolucionario y funda un partido nazi. El Papa, interpretado por Ringo Starr, encarga a Liszt que destruya la música diabólica de Wagner. Y cuando Liszt llega al castillo donde Wagner, en ceremonias paganas junto a su esposa, que resulta ser la hija de Liszt, planea dominar el mundo, se da cuenta de que su némesis es un vampiro. Sí, Wagner también es un vampiro, además de nazi y científico loco, y ha creado un superhombre: Thor, interpretado por el ex-Yes Rick Wakeman, construido para limpiar el mundo de impíos. Pero Liszt, con ayuda de su piano-lanzallamas se enfrenta a Wagner, casi derrotándolo. Entonces la hija de Liszt revive a Wagner convirtiéndolo en el monstruo de Frankenstein, que mata judíos con su guitarra-ametralladora. Y al final triunfa el amor, el monstruo es derrotado por un cohete pilotado por Liszt, que sale del cielo y...

¿Loco? A que sí. Todo es rodado con una locura aún mayor, pues el tono es desmelenado a más no poder. Sin embargo la peli envejeció mal, y tiene demasiado de ópera rock de su época, como Hair (1979) o Jesucristo Superstar (1973), y se resiente de un posthippismo rancio.

Algunos de los números son bastante entretenidos, como cuando Liszt alucina con un pene de varios metros y varias mujeres que acaban guillotinándolo. Al pene, no a Liszt. Lamentablemente la situación se sale de manos en ocasiones, y lo peor, en otras no es suficientemente entretenida. Queda, eso sí, para disfrutar de instantes maravillosos, citas cinéfilas y rock progresivo y medio glam. Ah, y tiene un aire, un espíritu muy similar a The Rocky Horror Picture Show (1975) o El Fantasma del Paraíso (The Phantom of Paradise, 1974), esas dos, mucho mejores películas que Lisztomanía. Aunque ni de cerca tan bizarras.

Lisztomanía es una película en la que, intuyo, Russell tuvo vía libre para hacer lo que quisiera, luego del éxito de Tommy (1975). El problema es que Russell es uno de esos casos en que hay que tenerlo un poco aprisionado, porque si se le va la mano el caos se toma la obra. Por ello es excesiva hasta el punto en que se torna repetitiva y desordenada, a diferencia de otros de sus films, que tienen algo que permiten al espectador agarrarse de algo. Con momentos brillantes, aún así es una obra desigual. Pero el componente de rareza la hace necesaria de ver.

Gothic (1986), en cambio, encuentra un equilibrio, si es que se le puede llamar así, entre el exceso y el arte. Porque, como dijo un amigo, Ken Russell está tan cerca del arte como de la basura. Y creo que no hay mejor definición para su cine que esa. Es tan absurdo e incomprensible como el cine de Godard, con yuxtaposiciones indescifrables y supuestas metáforas crípticas, sólo que sí es entretenido. Gothic es una buena muestra de ello. La película trata sobre los eventos ocurridos la noche en que Percy Shelley, Mary Shelley, John Polidori y Lord Byron, junto a la hermanastra de Mary, Claire, se reunieron para crear un puñado de obras maestras de la literatura de terror. Pero crearon algo más: desafiando a Dios, ebrios de láudano y temeridad, algo más salió de sus mentes y amenazó con destruirlos. Y tal vez acabó haciéndolo. Esa noche, en medio de las más temibles alucinaciones, de pasajes salidos directamente del subconsciente más profundo, una presencia habitó los pasadizos del castillo de Byron. Y Ken Russell lo retrata a la perfección, con delirios de culpa, sexualidad retorcida, y un surrealismo exacerbado, pleno de imágenes de ultratumba. La película se hace grotesca y hasta repulsiva, pero igualmente fascinante, como pasaba con The Devils, y a pesar del desagrado no puedes dejar de mirar la pantalla. Y el retrato de esos poetas románticos, henchidos de paroxismo y emoción por la vida, hasta el límite en que casi cruzan la muerte, es apenas perfecta. Cada personaje, para bien o para mal, está caracterizado de una forma única. Shelley es el adicto al láudano que vive al extremo, débil a la par que emocionalmente arrebatado; su esposa es la más cuerda del grupo, pero carga con el lastre de haber perdido un hijo, el cuál la atormentará desde la tumba; Claire es simplemente la ficha manipulada y finalmente destruida en su psiquis por las circunstancias despertadas en medio de la tormenta; Polidori es una criatura sumamente repulsiva, no gratuitamente es comparado con un cerdo, cuyas tendencias sexuales son padecidas con culpas religiosas; y Byron es, por supuesto, la encarnación del vampiro polidoriano, un dandy elegante pero que vive a costa de la manipulación de los demás, llevándolos a la destrucción por simple placer. Si bien nada de esto debe tomarse al pie de la letra, parece que cada una de esas características tienen cierta base real.

Si analizamos más allá del gran placer estético que esta películas depara, podemos apreciar además una reflexión sobre el papel del creador como especie de dios, y el alto precio que puede llegar a pagar por atreverse a crear y luego eludir la responsabilidad paterna (o materna: no me ataquéis, feministas de pro) sobre su criatura. Esta elusión de responsabilidad, encarnada en la criatura nunca vista pero sí presente, es la que finalmente, según nos dice Russell, persiguió y acabó trágicamente con las vidas de los personajes de la película. Una buena reflexión que seguramente existe entre multitud de capas más, dentro de una película que puede tener bastantes niveles de significancia, según cómo se lea.

No sé si sea una obra maestra, pero a mí me encantó y quiero repetírmela pronto. A todos los fans del cine fantástico que tenga un ápice de cerebro (esto parece una peli de terror, pero no usa sus esquemas habituales) se las recomiendo como un plato exótico, que puede ser muy atactivo... o realmente repugnante. Hay que tener un cierto paladar para apreciar a Russell, pero a mí... vaya si me gusta.

Dos de Stephen Chow

Posted on septiembre 12, 2005 - 0 comentarios -

Shaolin Soccer, 2001 Kung Fu Hustle, 2004

En la primera, un grupo de monjes shaolin conforma un equipo de fútbol y se las tiene que ver con el malvado Evil Team en un campeonato repleto de acrobacias sorprendentes. En la segunda, un par de malandrines de buen corazón desean ser parte de una banda de gangsters en los años 30, pero en medio de todo se desatará una batalla entre los malos y un grupo de maestros de kung fu... repleta de acrobacias sorprendentes.

Stephen Chow es una celebridad semidesconocida para nosotros a este lado de la tierra. En oriente, su fama lleva años conquistando el mercado cinematográfico con comedias como The god of cookery o Forbidden city cop. Su estilo de payasadas sin sentido no lo ha hecho acreedor de una fácil entrada a nuestras tierras, sobre todo porque gran parte de su humor es verbal, con intraducibles juegos de palabras a otro idioma.

Con esta dupla de películas, Stephen Chow cambió un poco su manera de jugar realizando dos películas más orientadas al humor físico, con claras referencias al slapstick, un poco como hiciera en otra época Jackie Chan.

Shaolin Soccer fue un rotundo éxito en China, donde, por fin, desbancó a la mayoría de producciones occidentales que reinaban en la taquilla, a diferencia de otros tiempos, en que el mercado autóctono era el que dominaba el panorama. Y nos hizo recordar por qué nos gustan tanto las películas de Hong Kong, que, a pesar de volver a ser parte de China, posee un carácter cinematográfico un tanto diferente.

Kung Fu Hustle repite un poco la fórmula, a explicar: toneladas de humor físico, gags visuales de una imaginación sin precedentes, referencias a las viejas películas de kung fu y a las comedias clásicas, así como de otro puñado de referentes modernos, sin llegar a los ridículos extremos del cine norteamericano contemporáneo (Scary Movie, por ejemplo). Además las historias son simples como para no plantear choques culturales, y fuera de eso, son aptas para todos los públicos, sin ser estúpidas para el resto de los mortales. Aunque la incorrección política abunda, afortunadamente y el almíbar se corta con dosis de sutil mal gusto, muy de agradecer, sin llegar a convertirse en una película de Wong Jing (escatología desenfrenada)

Shaolin Soccer y Kung Fu Hustle, son dos películas que deben verse para creerse. La primera fue una de las recientes películas que Cinema Zombie pasó en su espacio y el éxito fue rotundo: carcajadas continuas y ni una persona aburrida. Kung Fu Hustle da más de lo mismo sin caer en la repetición. Su inventiva visual está tan cercana de gente como Terry Gilliam o Jean Pierre Jeunet, pero a su propio estilo, lo que hace de Chow un verdadero autor que usa referencias culturales propias para recrear un mundo aparte.

Es inútil reseñar una clase de experiencia cinematográfica como esta. Es como tratar de describir racionalmente las virtudes de una montaña rusa: es preferible experimentarla que pensar en ella. Véanlas cuanto antes, háganase ese favor. No tengan prejuicios si no les gustan las pelis de kung fu, porque se perderán de un gran acontecimiento. Y si pueden, mejor esperen a que Kung Fu Hustle llegue a nuestras pantallas pronto, con el absurdo nombre de Kung Fusión, porque para eso se hizo la sala de cine y en ningún otro sitio se experimenta una película de mejor manera.

Para desconectarse ante un espectáculo a iguales partes hermoso y divertido.

Ray, Zatoichi, Bigelow y cowboys tailandeses

Posted on abril 03, 2005 - 0 comentarios -

Tears of the black tiger (Fah talai jone, 2001) Dir. Wisit Sasanatieng Act. Chartchai Ngamsan

Un romance imposible entre el bandido más buscado de Tailandia y una niña rica desencadena, como no, una tragedia, entre balaceras tipo western, recuerdos de juventud y canciones ñoñas.

Esta película pasó por varios festivales incluyendo la sección Un certain regard de Cannes, cultivando un aura de película de culto, a medio camino entre el arte y la serie B. Y está a la altura de ello? Para mí no. Si bien la fusión de telenovela, sangre, cómic y musical es una buena receta, Tears of the black tiger tiene un gran problema: el guión carece de una historia interesante y al tratar de parodiar a los melodramas antiguos, cae en sus mismos errores. La ambientación es perfecta, toda la pantalla se llena de colores pastel, telones pintados como fondo, paisajes floridos y mágicos... Hay gags locos y humor negro pero todo ello no puede reparar el hecho de que la película es aburrida, a pesar de tener en sus imágenes la influencia de gente como Leone, y toda la imaginería del western clásico.

Lástima porque tenía todo para ser una joya.

Para pasar un rato viendo colorines y tailandeses con mostacho perverso.

Zatoichi (2003) Dir. Takeshi Kitano Act. Beat Takeshi, Tadanobu Asano

He de decir que Takeshi Kitano es uno de mis directores favoritos. Incluso películas como Escenas en el mar en la que no pasa demasiado y casi no hay diálogos (aún menos de lo normal en él) me parecen fascinantes. Cuando supe que se iba a hacer cargo del remake de Zatoichi me entusiasmé demasiado, pues se unían dos de mis pasiones fílmicas: Kitano y el cine de samurais.

Zatoichi había sido un enorme serial de películas hechas desde los años 60 en Japón, en las que un espadachín ciego se metía en problemas, y salía de ellos a punta de sablazos. El personaje era inmensamente carismático, pues no era un samurai sino un masajista que dominaba el arte de la espada. El Zatoichi de Kitano cambia radicalmente en varios aspectos, principalmente porque él no quería ser el mismo Ichi interpretado por Shintaro Katsu, el actor original, pero en esencia las cosas siguen casi iguales. En la historia tenemos a los personajes de rigor que se acercan por accidente a Ichi, bien para ser ayudados o para ser asesinados por sus malas acciones. Dentro de la primera categoría tenemos a una campesina desvalida ante los yakuza locales, su sobrino ludópata pero de buen corazón, y un par de hermanos con varios secretos en su pasado. Sus enemigos son, como siempre, los yakuza, pero sobre todo un samurai sin amo que encuentra trabajo con ellos como guardaespaldas. Los temas típicos están presentes: el samurai no es malo, es alguien con mucho honor pero que necesita el dinero para curar a su esposa, y por ello ntoma trabajo aún con los pillos, que por suspuesto son unos abusadores de primera. Todo ello está orquestado con la habitual fluidez del cine de Kitano. Abundan los silencios, los planos semi estáticos y el humor deadpan. Todo ello muy bonito de ver. La fotografía es excelente. El film fue sometido a un proceso que suaviza los colores, el mismo usado en Minority report y Seven, de manera que estos se ven un poco azulados en general. Incluso la sangre se suaviza, porque, como es de esperar, en las luchas hay salpicaduras abundantes de líquido rojizo, aunque no al estilo Tarantino. La cámara se mueve más en el espacio, a diferencia de las pelis de los 60, cuando se veía una composición muy efectiva pero deudora del teatro, con planos abiertos que dejaban ver la acción, y pocos cortes. Aquí los planos son medios y cerrados, la cámara no solo se mueve lateralmente sino aprovechando todo el espacio, incluso con grúas que le dan un dinamismo inusual a las pelis de este tipo.

PERO... sí, la peli no es perfecta. Sobre todo por culpa del guión. Zatoichi no es el protagonista se podría decir. Se dedica más tiempo a los personajes secundarios que a su historia, y él solo está allí para puntuar escenas y resolver entuertos. No sabemos nada de él, lo que no es del todo malo, vean sino la trilogía de Leone con Eastwood. El problema es que Ichi es poco más que un personaje secundario. El drama es mínimo, los conflictos habituales de honor son casi inexistentes. Lo usual hubiera sido que Ichi y el samurai bueno venido a menos se reconocieran como enemigos de valor y se tuvieran respeto, pero aquí no pasa eso y solo tenemos un enemigo más. Todo ello en detrimento del drama.

El número final de danza es precioso y no desentona para nada. Está bien coreografiado y se ve de lujo. Kurosawa ya había hecho algo similar en The hidden fortress con el festival del fuego, al igual que al final de Goyokin de Hideo Gosha. Y siempre nos queda el mensaje de que los campesinos celebran mientras los samurais lloran, igual que en Los siete samurais.

Para gozar con una peli tan cerca del exploitation como del art... más o menos...

The weight of water (2000) Dir. Kathryn Bigelow Act. Catherine McCormack, Sean Penn, Josh Lucas, Liz Hurley, Sarah Polley

Una fotógrafa investiga un asesinato ocurrido cien años antes, mientras pasa un fin de semana con su esposo, el hermano de éste y su novia.

Kathryn Bigelow solía ser una excelente directora de acción, una especie de Peckinpah estrogenado. Obras como Near dark, Point break o Strange days dan cuenta de su extraordinario talento a la hora de crear cine de género de calidad. Pero de un momento a otro desapareció del panorama y solo con esta película he vuelto a saber de ella. Y el cambio de registro es bastante pronunciado a decir verdad. The weight of water es un melodrama de suspenso que salta en el tiempo, contando dos historias de celos y traición. Así que tenemos dos películas en una prácticamente, pues son pocos los puntos en común que hay entre ellas hasta el tercio final.

La película tiene un ritmo bastante lento y se dedica más a diseccionr a los personajes que a hacer avanzar la historia. Eso no tes inconveniente, lo que sí tiene es el hecho de que poco a poco languidece hasta que no te importan mucho los personajes y el tono literario se hace muy evidente. Pero de repente todo tiene un giro muy inesperado y se convierte en toda una tormenta de sentimientos en la que, como era de esperarse, un hacha tiene un papel muy importante (y no precisamente para cortar leña). Y lo mejor... secretos sórdidos! Incesto! Asesinato! Lesbianismo latente! Es entonces que por fin los personajes se abre un poco más y se revelan mejor, porque hasta entonces eran demasiado "sutiles".

En definitiva, The weight of water podría haber sido una excelente película, pero su ritmo no la deja levantar del todo. La dirección es impecable, como era de esperar, y solo nos resta esperar la próxima peli de una directora que tiene suficiente interés para brindarnos cine de calidad, aún cuando esta no haya sido su mejor película.

Ah, y Sarah Polley está excelente, como siempre.

Para ver pasiones familiares morbosas y celos mortales.

Ray (2004) Dir. Taylor Hackford Act. Jamie Foxx

Taylor Hackford no puede calificarse de autor, como los críticos suelen decirle a quien repite una y otra vez la misma película prácticamente. Pero su competencia está más que comprobada con films como Dolores Claiborne o El abogado del diablo. En Ray toma la vida de Ray Charles y la convierte en un biopic intenso y extenso, como suelen ser todos (imagínense uno de 80 minutos... no sería gracioso?) pero que nunca decae. El guión está muy bien estructurado, pues al cubrir tanto tiempo de un personaje se debe seguir una línea sin convertirla en lo único que muestra, a fin de cuentas esto es una peli basada en hechos reales, no una obra de pura ficción, y nadie en la vida tiene un línea tan clara para seguir a lo largo de 40 años, no?

No hay mucho qué decir. Es muy entretenida, la música te emociona (la escena en que compone What'd I say? es escalofriantemente buena), se mueve y las imagenes están muy bien logradas. Para qué pedir más?.