Ken Russell

Posted on diciembre 19, 2006 - 4 comentarios -

Después de descubrir esa maravilla que es The Devils (1971), quedé emocionado por el cine de Ken Russell. Antes, en mi adolescencia, había visto La Pasión de China Blue (Crimes of Passion, 1984), pero de ella apenas recuerdo a Anthony Perkins haciendo de fanático religioso, a Kathleen Turner de prostituta con peluca, y una habitación de hotel iluminada por un incesante neón. Este mes pude ampliar mi conocimiento de su filmografía al ver Lisztomanía y Gothic, y a continuación paso a reseñar ambas películas.

Lisztomanía (1976) es una película marciana donde las haya. Empecemos con el argumento: Liszt, interpretado por Roger Daltrey, es la estrella pop de la época, despertando las hormonas de miles de adolescentes en celo. Él sólo quiere componer buena música y un techo, pero las mujeres se le atraviesan a cada rato. Pobrecito. Wagner, compositor enemigo de Liszt se mete a revolucionario y funda un partido nazi. El Papa, interpretado por Ringo Starr, encarga a Liszt que destruya la música diabólica de Wagner. Y cuando Liszt llega al castillo donde Wagner, en ceremonias paganas junto a su esposa, que resulta ser la hija de Liszt, planea dominar el mundo, se da cuenta de que su némesis es un vampiro. Sí, Wagner también es un vampiro, además de nazi y científico loco, y ha creado un superhombre: Thor, interpretado por el ex-Yes Rick Wakeman, construido para limpiar el mundo de impíos. Pero Liszt, con ayuda de su piano-lanzallamas se enfrenta a Wagner, casi derrotándolo. Entonces la hija de Liszt revive a Wagner convirtiéndolo en el monstruo de Frankenstein, que mata judíos con su guitarra-ametralladora. Y al final triunfa el amor, el monstruo es derrotado por un cohete pilotado por Liszt, que sale del cielo y...

¿Loco? A que sí. Todo es rodado con una locura aún mayor, pues el tono es desmelenado a más no poder. Sin embargo la peli envejeció mal, y tiene demasiado de ópera rock de su época, como Hair (1979) o Jesucristo Superstar (1973), y se resiente de un posthippismo rancio.

Algunos de los números son bastante entretenidos, como cuando Liszt alucina con un pene de varios metros y varias mujeres que acaban guillotinándolo. Al pene, no a Liszt. Lamentablemente la situación se sale de manos en ocasiones, y lo peor, en otras no es suficientemente entretenida. Queda, eso sí, para disfrutar de instantes maravillosos, citas cinéfilas y rock progresivo y medio glam. Ah, y tiene un aire, un espíritu muy similar a The Rocky Horror Picture Show (1975) o El Fantasma del Paraíso (The Phantom of Paradise, 1974), esas dos, mucho mejores películas que Lisztomanía. Aunque ni de cerca tan bizarras.

Lisztomanía es una película en la que, intuyo, Russell tuvo vía libre para hacer lo que quisiera, luego del éxito de Tommy (1975). El problema es que Russell es uno de esos casos en que hay que tenerlo un poco aprisionado, porque si se le va la mano el caos se toma la obra. Por ello es excesiva hasta el punto en que se torna repetitiva y desordenada, a diferencia de otros de sus films, que tienen algo que permiten al espectador agarrarse de algo. Con momentos brillantes, aún así es una obra desigual. Pero el componente de rareza la hace necesaria de ver.

Gothic (1986), en cambio, encuentra un equilibrio, si es que se le puede llamar así, entre el exceso y el arte. Porque, como dijo un amigo, Ken Russell está tan cerca del arte como de la basura. Y creo que no hay mejor definición para su cine que esa. Es tan absurdo e incomprensible como el cine de Godard, con yuxtaposiciones indescifrables y supuestas metáforas crípticas, sólo que sí es entretenido. Gothic es una buena muestra de ello. La película trata sobre los eventos ocurridos la noche en que Percy Shelley, Mary Shelley, John Polidori y Lord Byron, junto a la hermanastra de Mary, Claire, se reunieron para crear un puñado de obras maestras de la literatura de terror. Pero crearon algo más: desafiando a Dios, ebrios de láudano y temeridad, algo más salió de sus mentes y amenazó con destruirlos. Y tal vez acabó haciéndolo. Esa noche, en medio de las más temibles alucinaciones, de pasajes salidos directamente del subconsciente más profundo, una presencia habitó los pasadizos del castillo de Byron. Y Ken Russell lo retrata a la perfección, con delirios de culpa, sexualidad retorcida, y un surrealismo exacerbado, pleno de imágenes de ultratumba. La película se hace grotesca y hasta repulsiva, pero igualmente fascinante, como pasaba con The Devils, y a pesar del desagrado no puedes dejar de mirar la pantalla. Y el retrato de esos poetas románticos, henchidos de paroxismo y emoción por la vida, hasta el límite en que casi cruzan la muerte, es apenas perfecta. Cada personaje, para bien o para mal, está caracterizado de una forma única. Shelley es el adicto al láudano que vive al extremo, débil a la par que emocionalmente arrebatado; su esposa es la más cuerda del grupo, pero carga con el lastre de haber perdido un hijo, el cuál la atormentará desde la tumba; Claire es simplemente la ficha manipulada y finalmente destruida en su psiquis por las circunstancias despertadas en medio de la tormenta; Polidori es una criatura sumamente repulsiva, no gratuitamente es comparado con un cerdo, cuyas tendencias sexuales son padecidas con culpas religiosas; y Byron es, por supuesto, la encarnación del vampiro polidoriano, un dandy elegante pero que vive a costa de la manipulación de los demás, llevándolos a la destrucción por simple placer. Si bien nada de esto debe tomarse al pie de la letra, parece que cada una de esas características tienen cierta base real.

Si analizamos más allá del gran placer estético que esta películas depara, podemos apreciar además una reflexión sobre el papel del creador como especie de dios, y el alto precio que puede llegar a pagar por atreverse a crear y luego eludir la responsabilidad paterna (o materna: no me ataquéis, feministas de pro) sobre su criatura. Esta elusión de responsabilidad, encarnada en la criatura nunca vista pero sí presente, es la que finalmente, según nos dice Russell, persiguió y acabó trágicamente con las vidas de los personajes de la película. Una buena reflexión que seguramente existe entre multitud de capas más, dentro de una película que puede tener bastantes niveles de significancia, según cómo se lea.

No sé si sea una obra maestra, pero a mí me encantó y quiero repetírmela pronto. A todos los fans del cine fantástico que tenga un ápice de cerebro (esto parece una peli de terror, pero no usa sus esquemas habituales) se las recomiendo como un plato exótico, que puede ser muy atactivo... o realmente repugnante. Hay que tener un cierto paladar para apreciar a Russell, pero a mí... vaya si me gusta.

There has been 4 Responses to 'Ken Russell' so far

  1. Truchafrita says:

    Lisztomanía se ve que es bien... loca. ¿Aguantaría para Cinema Zombie? Quizás con otra opera rock.

  2. Dr. Calamar says:

    Pues hasta aguanta para el cineclub. Es art, pero a la vez es muy bizarra. Y a ver si ponemos El fantasma del paraíso, que también es buena. ¿No pegan las dos?

  3. Premio consuelo para Lucía Folino says:

    oiga doctor.


    http://vamosahablarsinmiedo.blogspot.com



    Aguante el cineclub de Ken Russel y H.D. Lawrence.

  4. Anónimo

    ...muy buena crítica